Habitar en bienestar: neuroarquitectura| Revista Propiedades

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Habitar en bienestar: en propósito de la neuroarquitectura

Habitar en bienestar: en propósito de la neuroarquitectura

Es la hija mayor de cuatro hermanos y ninguna persona de su familia había tenido algún contacto con el mundo del arte y el diseño. Sin embargo, desde que era muy niña, sintió una fuerte inclinación por la parte artística. Era un asunto que la movilizaba y sorprendía. Por eso, cuando llegó el momento de elegir una carrera y luego de analizar varias opciones entre las que estaban Ingeniería Civil y Administración de Empresas, decidió estudiar Arquitectura, que no solo representaba un reto, sino una responsabilidad que entendió mejor con el pasar del tiempo: los arquitectos al crear un espacio están interviniendo la vida de quienes lo van a habitar.

Estudió en la Universidad Pontificia Bolivariana y desde ese momento se hacía preguntas sobre la manera en que enseñaban la arquitectura y, aunque no conocía el término, sentía que su visión se conectaba con lo que más tarde sabría era la neurociencia aplicada a la arquitectura. “Siempre estaba reflexionando y haciéndome preguntas como, por ejemplo, por qué no nos comportamos igual en un restaurante que en una iglesia, por qué cuando entramos a un templo inmediatamente tratamos de hacer silencio o por qué un niño y un adulto mayor necesitan espacios diferentes para sentirse a gusto”, cuenta Liliana Gutiérrez. Esas mismas preguntas son las que le suele hacer a sus estudiantes del curso de Neurociencia aplicada a la arquitectura.

Luego de finalizar el pregrado continuó con una maestría en Interiorismo en la Universidad de Salamanca. Su carrera la llevó a trabajar en Nueva York y Madrid antes de regresar a Colombia, donde estableció StudioSUR junto a su socia y amiga Andrea Sánchez. La empresa tiene más de dieciocho años y oficinas en Bogotá, Medellín y Estados Unidos. Allí su propósito ha sido transformar la vida de las personas a través del diseño humanizado. Con ese mismo objetivo se certificó en Human Centered Design, un enfoque de diseño que pone a las personas en el centro del proceso de creación.

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Para Liliana, el diseño de espacios interiores cobra especial importancia en un mundo donde pasamos más del 90 % de nuestro tiempo en ellos. Al crearlos, no solo hay una preocupación porque sean funcionales y estéticamente atractivos, sino porque respondan a las percepciones, emociones y procesos cognitivos que se viven a diario. Para lograrlo, un aliado es el diseño biofílico, un principio de la neuroarquitectura que propone una conexión con la naturaleza y la estimulación de los sentidos. “Se puede lograr con el uso de texturas naturales como la madera y las piedras, sonidos relajantes como el movimiento del agua, y olores de plantas y flores, para crear entornos que no solo son funcionales y atractivos, sino que también nutren el alma”, apunta.

Además, sostiene que la neuroarquitectura no es una tendencia, sino que toda arquitectura debería ser ‘neuro’, pues su mayor propósito es mejorar la calidad de vida de quienes habitan los espacios. “La neurociencia aplicada a la arquitectura ha cobrado relevancia en los últimos años porque hoy más que nunca podemos hacer mediciones de cómo percibimos los espacios y cómo eso influye en nuestros comportamientos”, amplía Liliana.

Al basarse en la ciencia, este campo considera diferentes tipos de mediciones, por ejemplo, fisiológicas —para evaluar la actividad eléctrica del cerebro, el flujo sanguíneo o la frecuencia cardíaca—, así como mediciones psicológicas y comportamentales, de la calidad del aire, del nivel del ruido, de la temperatura y de la humedad, entre otras, para lograr una mejor comprensión de cómo un espacio afecta la salud, el bienestar y el rendimiento cognitivo de sus habitantes.

Una de las ideas que respalda en su empresa, en sus conferencias y con sus estudiantes en la Universidad de los Andes y la Universidad Pontificia Bolivariana, es que un valor adicional de la neuroarquitectura es su capacidad de recopilar datos y métricas para evaluar y mejorar los diseños. “Lo que no se mide, no se puede mejorar”, concluye Liliana.

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