La Guancha: el arte de vivir en comunidad
Vivir rodeado de amigos, en contacto con la naturaleza y en un ambiente que promueve el bienestar físico y emocional: ese fue el sueño que José Fernando Vigil ayudó a construir en La Guancha, un proyecto de cohousing en Minalco, México, que redefine la manera de habitar de las personas mayores.
José Vigil es un arquitecto mexicano con una trayectoria sólida y sensible. Tras trabajar en el reconocido despacho Skidmore, Owings & Merrill y colaborar con figuras de la arquitectura nacional como Francisco Serrano, Óscar Hagerman y Augusto Álvarez, encontró en el cohousing una oportunidad de redirigir su experiencia hacia un objetivo más humano: construir comunidad. A lo largo de su carrera, Vigil ha comprendido que la arquitectura tiene el poder no solo de resolver necesidades espaciales, sino de tejer relaciones y mejorar la vida de las personas.
En La Guancha, un terreno rodeado de bosques y montañas a cien kilómetros de Ciudad de México, se materializó esa visión. Allí, un grupo de adultos mayores decidió construir su propio futuro: seis casas ya se encuentran habitadas, y se esperan nueve más, en un proyecto que reflexiona sobre las formas de habitar en comunidad en las últimas etapas de la vida.

¿Cómo nació el proyecto La Guancha y cuál fue su propósito desde el principio?
Nació de un profundo entendimiento del lugar y de sus habitantes. La Guancha toma su nombre de un río cercano, cuyo cauce se ensancha en una zona llana: una metáfora perfecta para lo que buscábamos, que era abrir espacio a nuevas formas de convivir. Desde el principio, nuestra intención no fue simplemente construir viviendas, sino crear un entorno que promoviera el acompañamiento entre amigos, sabiendo que las nuevas generaciones viven cada vez más lejos. Nos propusimos diseñar un cohousing donde el envejecimiento no fuera sinónimo de aislamiento, sino de comunidad activa.
¿Por qué recuperar la vida en comunidad en estos tiempos?
Hoy más que nunca necesitamos repensar cómo vivimos. La ciudad moderna, con su acelerado ritmo y su arquitectura cada vez más hostil, ha fragmentado los lazos sociales. Vivimos hiperconectados digitalmente, pero profundamente desconectados en lo humano. En La Guancha buscamos revertir esa tendencia: recuperar la convivencia auténtica, la conversación cara a cara, el simple hecho de compartir un desayuno o caminar juntos sin prisa. La vida comunitaria no solo mejora el bienestar emocional, sino que también construye resiliencia social. Retomar esa vida lenta y consciente es fundamental para vivir mejor.
¿En qué valores arquitectónicos y constructivos se basaron?
Queríamos ir más allá de mitigar el impacto ambiental; queríamos agregar valor al entorno. Trabajamos con materiales locales como tierra compactada, paja, arcilla, adobe y bambú, no solo por su sostenibilidad, sino también porque transmiten identidad y pertenencia. El diseño respetó la topografía natural, los vientos, la vegetación existente, buscando integrarse al lugar en vez de imponerse sobre él. Cada decisión arquitectónica tenía como fin servir a la vida en comunidad.
¿Qué retos enfrentaron durante el desarrollo del proyecto?
Transformar legalmente una propiedad ejidal en un régimen que permitiera la convivencia de múltiples propietarios fue un proceso largo y complejo, que decidimos afrontar sin recurrir a prácticas corruptas, aunque eso implicara más tiempo. También fue un desafío mantener una visión compartida entre todos los miembros del proyecto, armonizar expectativas y lograr que nuevos integrantes se alinearan a la filosofía de comunidad. Finalmente, trabajar con la población local de Malinalco exigió construir puentes de confianza y respeto, entendiendo que nuestro proyecto debía integrarse al tejido social existente, no alterarlo.
¿De qué manera se han vinculado con la comunidad de Malinalco?
Desde el inicio supimos que nuestro proyecto no podía ser una isla. Malinalco es una comunidad con una riqueza histórica y cultural profunda, pero también con retos sociales importantes. Por eso, más allá de construir nuestras casas, nos propusimos integrarnos y aportar al tejido social existente. Muchos de los trabajadores que participaron en la obra son locales, a quienes transmitimos técnicas de construcción con materiales de la región, como el adobe y la tierra compactada, para que pudieran replicarlas en sus propios hogares. Además, a través de la Fundación Comunitaria Malinalco, en la que he estado muy involucrado, trabajamos en programas de reforestación, prevención de incendios y fortalecimiento comunitario. No se trata de llegar a enseñar, sino de colaborar, aprender y construir juntos una mejor convivencia.
¿Cómo se vive el día a día en La Guancha?
La vida en La Guancha transcurre a un ritmo diferente. Hay espacios para la convivencia —como la cocina comunitaria, el jardín, la alberca—, pero también se respeta la necesidad de privacidad. Puedes desayunar en grupo, nadar, leer un libro bajo un árbol o caminar en silencio. Los residentes gestionan juntos los recursos mediante comités de alimentos, mantenimiento y administración, lo que refuerza el sentido de corresponsabilidad. Más allá de las estructuras físicas, lo que sostiene el proyecto es el deseo de vivir acompañados, de compartir y de construir bienestar de manera colectiva.
¿Qué reflexión personal le deja este proyecto?
Para mí, La Guancha ha sido un proyecto profundamente ilusionante. No busqué crear un espacio para fotografiar y publicar, sino un lugar que de verdad sirviera a quienes lo habitan. Este cohousing es una muestra de que se puede convivir de manera armónica en la madurez, de que el diseño puede promover relaciones humanas sanas y de que habitar puede ser, también, un acto de generosidad hacia el otro y hacia el entorno.
La Guancha nació en 2009 como un proyecto académico de la doctora en ciencias sociales Margarita Maass. A diferencia de un asilo, este cohousing permite que los residentes decidan cómo quieren vivir: eligen su casa, su tamaño, sus vecinos y cómo compartir recursos.


